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Historias de terror en derechos de autoría: Margaret Keane, la pintora invisible

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Durante la década de los 60 del siglo pasado tuvo lugar un fenómeno del arte popular nunca visto. Walter Keane, un pintor de San Francisco, se convirtió en el artista más popular y más vendido de la época gracias a sus cuadros que mostraban casi exclusivamente niños tristes de ojos desproporcionadamente grandes. Durante cerca de diez años, Keane amasó una fortuna, vendió cientos de cuadros y miles y miles de reproducciones. Y todos se quedaron ojipláticos, como sus pinturas, cuando se desveló su secreto.

Hoy os traigo uno de los casos más curiosos de la historia del arte popular. Una historia llena de inquietantes personajes, tanto dentro como fuera del lienzo.

Es un caso escalofriante y tremendamente interesante que ha saltado a la palestra en los últimos años gracias a la película Big Eyes (2014), de Tim Burton, que cuenta la historia de uno de los mayores fraudes artísticos que se conocen. Donde tenemos como principales protagonistas a un matrimonio de pintores , Margaret y Walter, y a un montón de niños con ojos grandes.

¿Todos en la hoguera ya? Empecemos.

¿Qué pinta cada uno en esta historia?

Margaret D.H. Keane, nacida Peggy Doris Hawkins en 1927, empezó a pintar y dibujar desde muy niña. Ya adulta, casada y con una hija, un día decide coger sus bártulos y marcharse de casa con su hija a San Francisco, abandonando a su marido.

En San Francisco trabaja en un fábrica de muebles decorando cunas de bebé pintadas a mano. Mientras, en su tiempo libre, continúa pintando su obra personal, de un marcado carácter kitsch y caracterizada por tener como motivo principal niños con enormes ojos tristes. Un día, acude a un mercado de arte callejero a vender sus obras. Poco se imaginaba Margaret cómo iba a cambiar su vida.

Ese día conocería a Walter Keane, un pintor aficionado, mediocre, pero con un piquito de oro para venderse. Derrochaba seguridad y encanto. Se acercó a Margaret, atraído por aquellos enigmáticos cuadros y por ella misma. Ese mismo año, se casaron.

Walter, quien tenía una gran ambición por triunfar en el mundo del arte, no dejaba de intentar encasquetar sus pinturas en cualquier lugar que le dejasen tratar de venderlas. Incorporó también las de Margaret a su muestrario y, en una de sus tretas por intentar colocar sus cuadros, consiguió que el club de comedia The Hungry I  accediese a cederle un espacio donde exponer y vender sus obras a los clientes del club. Las obras de Margaret empezaron a llamar la atención y las dotes de embaucador de Walter hicieron el resto. 

Póster de la película de Tim Burton

Los niños de ojos grandes se quedan sin madre

Pronto, las obras de Margaret se vendían como rosquillas en aquel club de moda. Un día, Margaret le acompañó al club y descubrió que Walter se había estado haciendo pasar por el pintor de los niños de ojos grandes, atribuyéndose el mérito de su trabajo y contando una lacrimógena historia sobre cómo los niños huérfanos y hambrientos que había visto en su viaje a europa tras la Segunda Guerra Mundial le habían conmovido hasta el punto de inspirar su obra obsesivamente.

Margaret estaba anonadada. Su obra, en la que ella ponía su alma, estaba siendo usurpada por su propio marido. Aquella noche, al volver a casa, Margaret recriminó a Walter que se apropiase de su obra, pero éste le dio la vuelta a la tortilla y, con una serie de argumentos que iban de lo comercial ( «La gente compra más si conoce al artista en persona”) a la amenaza (“¿ Te das cuenta de que si decimos la verdad nos acusarán de fraude?”) venció la resistencia de Margaret, quien, de ahí en adelante, aceptó que Walter se vendiese y presentase como el autor de los cuadros, mientras ella los pintaba a docenas, encerrada en casa.

Cien cuadros por la libertad de Margaret

El negocio iba viento en popa. Famosos como Jerry Lewis, Dean Martin o Kim Novak compraban sus obras y encargaban retratos al estilo de Margaret. En la gran casa que los Keane se compraron siempre había fiestas, a las que acudía gente como los Beach Boys y en las que campaba un desenfreno del que solo participaba Walter. 

Mientras tanto, Margaret vivía un infierno. Encerrada en el estudio hasta dieciséis horas al día, pintaba un cuadro tras otro para un Walter cada vez más demandante, controlador y abusivo. Margaret no tenía ningún amigo, puesto que no podían correr el riesgo de que alguien descubriese el secreto. También porque Walter era tremendamente celoso. Si él salía de casa, llamaba a cada hora para controlar que Margaret estuviese pintando. Si ella trataba de salir por su cuenta, él la seguía. La obligó a pintar su “gran obra maestra” para presentarla como tal en la Feria Mundial de Nueva York de 1964: Un gigantesco cuadro con cien niños de ojos grandes que Margaret tuvo que terminar en apenas un mes.

Finalmente, tras diez años de matrimonio, ocho de los cuales fueron una tortura para Margaret, se divorciaron, y Margaret se marchó a Hawaii. Aún en la distancia, la garra de Walter seguía presionándola, y Margaret accedió a continuar pintando niños de ojos grandes para Walter en secreto: cien cuadr0s más fue los que le pidió a cambio de dejarla tranquila. Pero, finalmente, llegó un día que se plantó y decidió dejar de pintar más cuadros para él y de formar parte de la mentira de Walter.

Yo soy…¡la autora!

Y un día estalló la bomba: durante una entrevista en la radio, Margaret reveló que ella era y había sido siempre la autora de los famosos cuadros. Walter estalló en cólera y comenzó una guerra sucia de acusaciones y descalificaciones contra su ex mujer hasta que finalmente Margaret demandándolo.

El juicio, en el que la autoría de los cuadros, a falta de pruebas, no podía atribuirse claramente, acabó de una manera de lo más llamativa: con un duelo de pinceles en el que el juez emplazó a Walter y Margaret a pintar un niño de ojos grandes en directo ante la sala. Margaret terminó su pieza en 53 minutos. Walter, aduciendo un dolor muscular en el hombro, no pudo pintar nada.

“Estaba asustada, pero fue maravilloso enfrentarme, por fin, a él y probar que yo era la artista”

Margaret D.H.

¡Ajá! ¡Cazaron al fantasma! ¿Os imagináis que todos los casos de prueba de autoría concluyeran con un duelo de pinceles? ¿Y con tribunal de jurado popular? Vale, vuelvo a la historia que ya me estoy montando otras películas 😉

Era 1986. El juicio se resolvió a favor de Margaret, quien debía haber recibido 4 millones de dólares como compensación que nunca llegaron, pues Walter había dilapidado la fortuna que había conseguido amasar. Sin embargo, Margaret siguió pintando como siempre había hecho, volvió años más tarde a San Francisco y abrió una galería para exhibir su arte. A día de hoy, a sus 93 años, vive en una residencia de ancianos de Los Testigos de Jehová y sigue pintando cada día.

Walter no gozó de tan buena fortuna. Arruinado y dado al alcohol, pasó sus últimos años de manera miserable. Murió en el año 2000, rehabilitado del alcohol, pero dejando escritas unas memorias que son una extensión del delirio mental en que pasó sumido toda su vida.

Contra actos fantasmales, derechos morales

Lo más grave de esta historia es, por supuesto, que en primer lugar se trata de una historia de abuso machista en la que una mujer sufre el abuso y sometimiento sistemáticos al dictado de su marido. Se podría escribir mucho a este respecto, pero vamos, en este post, a ceñirnos a lo que atañe a los derechos de autor.

El título de esta sección bien podría ser el lema de una pancarta, pero si alguna moraleja podemos llevarnos de esta historia es, además de no dejarnos embaucar y someter por fantasmas de este tipo, la lucha por el valor y respeto hacía el reconocimiento como autoras de nuestra propia obra. 

En nuestra ley de propiedad intelectual contamos con un artículo que vale oro, sí, el artículo 14, donde se recoge el contenido y las características de nuestros derechos morales como autora. Muchas veces pasamos por alto su importancia e incluso firmamos contratos donde renunciamos a ellos.

En España esos derechos son irrenunciables.

Como autora podrás decidir si quieres que tu obra sea divulgada o no, así como si quieres firmarla bajo seudónimo o como pepita la de los ojos grandes. Además nos permite exigir que se nos reconozca como autoras de la obra y que la misma sea respetada en su integridad.

A diferencia de los derechos patrimoniales, esto derechos morales están vinculado con la parte más espiritual de la obra, con la que une la obra directamente con su autor o autora, es por ello que estos derechos nacen y mueren con los autores, a excepción de algunos de ellos que pueden trasmitirse tras la muerte del autor. No soy quien para aconsejarte que no te conviene un matrimonio con cláusulas fantasmales pero si puedo invitarte a que leas mi post «Los derechos morales» donde te hablo sobre tus derechos morales como autora y asegurarte lo bien que te va a hacer conocerlos 😉

Un abrazo, Isabel Méndez

Y RECUERDA:

  • Como autor gozas de derechos morales irrenunciables.
  • Siempre deberás ser reconocido como el autor de la obra.
  • En un contrato, siempre serán nulas las cláusulas en las que cedas o renuncies a tus derechos morales. 

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